"Llaman provocación a las verdades que nosotros proclamamos,
mientras que las mentiras que ellos cuentan se convierten
en verdades absolutas. Nuestra lucha por la independencia y el
bienestar de nuestros pueblos es tachada de insumisión,
y el saqueo que ellos hacen de nuestras riquezas se llama
obra civilizadora. Así escriben ellos la historia, y así se la aprende
la mayor parte de la Humanidad. Por eso yo prefiero sentir
a mí lado al Che antes que a cualquiera de ellos".
Thomas Sankara
Tomemos, por ejemplo, la expresión de Hegel que prologa el libro de Darcy Ribeiro “El dilema de américa Latina”:
“América es el país del Porvenir. En tiempos futuros se mostrará su importancia histórica, acaso en la lucha entre América del Norte y América del Sur”
Se debería contar con cierta erudición para polemizar con la columna de opinión de J.P. Feinmann en Página/12 el 14 de Junio de 2003 de título “La Única Deuda de América Latina”. En esta nota el autor también usa esa frase. Esta reflexión no está inspirado en la intención por la polémica, pero cierta honestidad obliga a arrogarse el derecho de exponer otra perspectiva con la inversión de dos conceptos.
El primero, pensar en la posibilidad que la guerra a la que se refería Hegel aún no se libró, se sigue librando, tal como es considerado por muchos autores (entre ellos Eric Hobsbawm): que la primera y segunda guerra no fueron dos, sino una sola guerra en dos grandes batallas. En esta se dirimían, entre las nuevas naciones del hemisferio norte occidental del planeta, cuál de ellas ocuparía el lugar vacante de imperialismo hegemónico de la declinante Gran Bretaña.
Existen algunos indicios que pueden tomarse como referencia para pensar en que la guerra vaticinada por Hegel se encuentra en pleno proceso: cuando existen resistencias de uno de los contendientes en la lucha, que infieren perspectivas que luego se materializan en hechos, esas contiendas no concluyen. La finalización de las contiendas están marcadas por el sometimiento definitivo y sin cuestionamientos por parte del vencido hacia el vencedor.
Para sostener que la guerra a la que hace referencia Hegel es una guerra que se está librando (y cuyo resultado es tan difíci de predecir como el momento en que finalice), solo cabría mencionar la emergencia de nuevos gobiernos en la región, que vienen a revertir algunas situaciones de sometimiento real y simbólico, que fueron instaladas (con grandes resistencias) de manera implacable y cruel en el hemisferio Sur. Algunos ejemplos están a la vista en Brasil, Bolivia, Venezuela, Ecuador, Argentina y Uruguay. Aunque con los problemas que se encuentran en la titánica tarea de reconstruir lo destruido, existen indicios para especular con esas intenciones, como en la Cumbre de las Américas y De los pueblos, en Mar del Plata, en Noviembre del 2005, donde se puso freno al ALCA.
Sin embargo, hubo una guerra que se libró además de las primera y segunda, fué a partir de la segunda mitad del siglo pasado, y concluyó en el último decenio del siglo XX con la disolución de la URSS. Esta guerra tuvo un claro vencedor (la modernidad eurocéntrica, ligada al colonialismo y el capitalismo), que obligó al vencido retirar posiciones geográficas y simbólicas conquistadas durante años de mantener un complejo y no menos conflictivo equilibrio de los territorios controlados. Fue la guerra este-oeste en la que, si bien involucró a todo el planeta, carecían de importancia las intervenciones de los colonizados por la modernidad/colonial desde el descubrimiento de América (el llamado Tercer Mundo, países del hemisferio sur). Esa nación, surgida a comienzos del siglo XX hacia el este del hemisferio norte del planeta, constituida y consolidada durante el período de entreguerras (primera y segunda) del siglo pasado, tuvo una gran incidencia en la configuración de los estados europeos durante más de la mitad de ese siglo. La que había sido una nueva nación que prometía materializar en la realidad las teorías marxistas pierde, en el siglo XX, la más grande guerra de la humanidad, la constitución de un nuevo paradigma, probablemente el sepultamiento definitivo de la modernidad (si entendemos como tal, la simbiosis del ideal moderno con el colonialismo ligado al imperialismo), época cuyo esplendor estuvo marcada por los ideales burgueses del siglo XIX. A esta guerra no hace ninguna referencia Hegel. ¿Será por eso quizá que se considera que la guerra Norte -Sur ya se libró, perdió el Sur, y que la guerra Este-Oeste nunca existió? Normalmente para el universo discursivo eurocéntrico, todo aquello que es otro no es digno de consideración.
Por otro lado, Indoamérica (nombre sugerido por Hernández Arregui, y así es como prefiero llamarla), salvo toda la información emanada del norte colonialista, solo tiene deudas pendientes establecidas por los poderes que fomentaron los actuales regímenes neocoloniales (¿poscoloniales?), adquiridas en el caso de la Argentina por gobiernos carentes de toda legitimidad, como la “Reacción Libertadora” y “El proceso de Destrucción Nacional”y, en el caso de los demás países de Indoamérica a través de regímenes que se encontraron bajo el ala del que se perfilaría como el Imperio Hegemónico de fin del siglo XX.
Si se toman las palabras del no tan imaginario cacique Guaicaipuro Cuatemoc y del Gran Jefe Seattle, se puede inferir que las riquezas con que cuentan los poderes hegemónicos mundiales (instalados en el hemisferio Norte del Planeta), fueron obtenidas a través del bandolerismo más cruel, no solo durante el siglo XX. Este arrebato fue llevado a cabo desde el descubrimiento de América, lo que agrava la manera en como fueron obtenidas, ya que tuvieron que recurrir al genocidio encubierto de cientificismo y tecnicismo eficientista de los pergeñadores de las teorías económicas neoclásicas.
Solo hace falta recordar, que hubo poetas y pensadores como Aimé Césaire y Frantz Fanon, grandes hombres como Ortega Peña y Arturo Jauretche, que pensaron sobre la nacionalidad, no en el sentido que se considera la modernidad desde el eurocentrismo, sino dejando claro que la modernidad es indisociable del carácter colonial del sometimiento económico y simbólico al que fue sometido el Hemisferio Sur del planeta.
Demás esta decir que la época que vivimos, lejos de responder a las preguntas que se han hecho los europeos desde la Grecia Clásica, solo incrementa los vicios en los que ha caído ininterrumpidamente la arrogancia eurocéntrica, expresados hoy en la hegemonía y el monopolio occidental de la violencia invasora, y que difícilmente ese relato logre saldar en algún momento de la historia todo el carácter genocida que ha regido la conducta de Europa desde su propio pensamiento.
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