Es la yapa que hacemos luego de los despojos que hemos sufrido. Pretenden que no demos más, que no tengamos más de lo nuestro para dar. Que no otorguemos.
La Yapa: la generosidad intransigente en las expresiones de los pueblos, esa variante al individualismo del “intelectual” y del “artista” que cree que surge por su impronta. Es lo contrario a lo que estos emergentes se inquietan por creer.
Estos “intelectuales” y “artistas”, lejos de ser emergentes individuales y egoístas, son aquellos que adeudan su existencia. Son la extrema generosidad de dar que tienen los pueblos; existen como proyecciones de todo los que los pueblos tienen por decir, hacer, recordar.
Es lo que Arturo Jauretche cita como añadido en quichua, en tiempos en los cuales ya nada habría por añadir, a no ser por esa profusión por dar y después de tanto que ha dado con grandes sacrificios colectivos, con sus hijos para que hablen, griten, luchen por ellos. Esa voz colectiva que se expresa a través de individuos; esa memoria que se mantiene en los relatos, hechos, para reconocerse.
Aún después de haber sido despojados, los antiguos y actuales habitantes del sur del planeta, se encuentran siempre en situación de dar perpetuamente, siempre bogan por añadir algo más que donar; como aquellos condenados a los que les ha sido arrebatado todo aquello que tienen por y para dar. Aún así existe la yapa.
No nos quieren ver, nos quieren negar; no como a quien se le niega por capricho o no tiene para dar, es el ninguneo arrogante de quienes se ubican en la posición de poseedores de la verdad. De quienes no fueron, ni son capaces de escucharse, como ha escrito Aimé Césaire: “incapaz de solucionar los problemas que ella misma crea”, refiriéndose a Europa.
Es ahí donde otorgamos la yapa. Es nuestro regalo, nuestra escritura, nuestra memoria.
La yapa también desrefuta. Des-hace lo refutado. Los “Refutadores de Leyendas” de Dolina existen. Están instalados, muy concentrados en refutar las utopías. Los mejores mundos ya pensados. En nuestras des-refutaciones, re-hacemos. Ese rehacer obstinado es la yapa.
Los “Profetas del odio” sobre los que escribió Jauretche, reformularon y montaron las refutaciones para instalar las mismas categorías del saber: relaciones de poder y concepciones del conocimiento ligadas a la modernidad/colonial acelerada. Nuevos conformismos amparados en la imposibilidad de creer lo imposible. No hace falta prohibir, solo hacer creer que no se puede: el fin de las ideologías, la condena de la violencia ejercida por el débil.
La yapa se cree y se crea, y aunque esté prohibida por los refutadores, es posible.
Se vemo
1 comentario:
¡Muy poético y conceptualmente impecable!
Agradecemos esta yapa.
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